Salto de fe

No conozco tus miedos, ni tu coraje. 
No sé si la luz de la felicidad ha tocado alguna vez la ventana de tu alma. O, si te has quedado dormido con los ojos inundados de pena y soledad. 

No sé de ti nada.
Voy arrastrando mis manos, batiéndolas en el vacío de la oscuridad. Abriéndome paso hacia ti. 
No sé si es lo que quieres, o lo que esperas. 
O, si por el contrario, buscas huir de mi. 
No sé nada de ti. 

Abro mis ojos intentando encontrar tu mirada en este océano de nada, respirando el oxígeno que me sabe a ti, a tu piel. Pongo atención, pero no te veo, desconozco el punto exacto en el que estás. A lo lejos escucho tus pasos, sin saber si se aproximan o se alejan de mi. Me apresuro a tu encuentro, pero seguimos sin coincidir.

¿Te encuentras también con los brazos abiertos de par en par?

Voy vacilando en este silencio, donde en ocasiones el eco de nuestra risa nos intenta iluminar...

Ninguno se atreve a dar claridad, es lo que pasa con la gente que ha vivido tanto tiempo a oscuras y teme que la luz los pueda cegar –como si no actuaran ya como ciegos–. 

Voy a tientas, esperando tocarte, deseando que tú me encuentres a mi. Voy a ciegas, buscando tu mano, queriendo que tú me beses a mi. 

Voy echando suertes, anhelando que tú te juegues por mi.

Acariciando la idea de saltar al vacío. De que saltes conmigo, de vernos por fin.

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