Hay tanta paz en el silencio y la soledad, que por lo único que conseguiría quebrarse, sería la respiración y la risa de quién llegó para quedarse. Únicamente esa turbulencia estaría permitida, sólo ante eso la paz podría ceder.
Madrid de noche, camino por la iluminada calle de gran via; avenida de contrastes, de recuerdos y letania [...]. De un lado la algarabía, gente buscándose la vida con un show público en el que, incluso la prisa está invitada, y se queda unos segundo al menos, concediendo tiempo y atención. Mientras tanto, por mi acera escucho sozollos y la pregunta que trae más dudas que respuestas. "¿Cuatro años tuviste que esperar para decirme esto?" La respiración agitada del acusado va al ritmo de sus pasos que no hacen más que girar en torno a ella. Pero se queda en silencio, sopesando a la gente, el espacio, ¿Será buen momento y el lugar correcto para contestar? ¿Tengo si quiera la respuesta?. Eso me parece a mí que dice su mirada...
Mi atención se disipa al ver delante de mí a una pareja sacándose un selfie, intentando inmortalizar un segundo de felicidad, tan frágil como etéreo. "Otra" dice la chica... Sonrío pensando en lo poco que les suele gustar a los chicos este tipo de peticiones (...) Cruzo la calle y me sumerjo en Montera, sus vagabundos y sus putas, un sexshop frente a Salvador Bachiller, zapatería, drogas... La gente bebé y come, ríe y habla... La noche cae pero las personas se resisten a ella, voy acariciando el pavimento más despacio, intentando conectar con el espacio, absorbiendo voces e ideas, o simplemente siendo una cotilla de mierda.
Llego a la boca del metro y me detengo un instante para mirar a la gente, de pronto un grito nos despierta a todos: ¡VIVAN LOS NOVIOS! Para entonces ya un grupo de gente los ha encapsulado con sus cuerpos, "beso, beso", "que se besen" dice otro. Los novios, nerviosos y alegres nos dan gusto y obedecen...
Contra todo pronóstico la gente sigue amando, sigue riendo, sigue casándose. Quizás es estupidez, quizás ingenuidad, o simplemente amor real. De todos modos, mi halo de esperanza se aferra a la alegría de esos novios, a la confidencia de esos extraños, que envuelven el momento para que nada ajeno destruya la atmósfera que su amor había creado; como si cualquier suspiro, o algún paso en falso podría derrumbar ese amor. No hay nada más fuerte, y no hay nada más frágil que el amor. Aquellos desconocidos que sonreían y compartían por la felicidad de otros me recuerdan que el mundo no está tan jodido, que nada está perdido si se tiene la entereza de reconocerlo y volver a empezar. Esta noche me quedo con lo bueno.
Hoy me uno a ese grito: ¡Vivan los novios!
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