Vacío

Hoy he caminado de la mano de un día precioso; el sol, la sombra que proyectaban los árboles, la caricia del viento, los niños riendo en el parque, los colores fundiéndose hasta llegar la noche... Todo era perfecto, pero yo no podía sonreír, y aún no puedo. 

Es como si me hubiesen vaciado por dentro, como si me hubieran dejado solamente el cinismo necesario para mirar a la gente a los ojos y sonreír por fuera. Es con este cinismo que me permito hablar por horas de cosas que me pasan, pero no de lo que pasa conmigo. Es ese cinismo que me hace sentir a salvo de sentir cualquier cosa que me recuerde que puedo ser vulnerable. 

Todo era perfecto esta tarde, pero yo sentía que me habían tragado por dentro, que me habían dejado esta mirada perdida, estas manos frías, que se mueven despacio mientras chasquean la música de fondo que suena en los auriculares River, Bishop Briggs. Una marea de gente pasa de prisa, y yo soy invisible, por un breve momento siento que todos lo somos, pasamos sin vernos, obviando que existimos, que somos materia, que ocupamos un espacio cerca, que consumimos el mismo oxígeno, e incluso a veces compartimos los mismos sueños o ideales.

Así iba yo, subiendo por Alcalá, pasando por Ventas, comiendo un wrap, café y galletas. Esa era yo, después de una semana luchando contra la vulnerabilidad, evitar sentir ira, tristeza, ansiedad, miedo... Cualquier sentimiento que no pueda controlar y me haga parecer débil, cualquier palabra de más, cualquier caricia de más, midiendo todo, controlando todo en nombre de mi fuerza, de mi resiliencia y de mi orgullo. 

No he podido. Noticia tras noticia, acto a acto me he ido desmoronando, sumergiendo en un vórtice de ecos que repiten que no soy una puta máquina, que no podré serlo (aunque lo desee con todas mis fuerzas). Entonces me dan ganas de volver a la calle y pasear, esta vez, abrazada a la Luna, de caminar hasta que me abandone todo rastro de fuerza que hay en mi, llegar exhausta a casa y dormir, sólo dormir. Desear que esa marea de gente me consuma y me asfixie en la invisibilidad que me caracteriza (pero hay toque de queda pandémico y es imposible que eso ocurra). 

Intento enmascarar mis miedos con palabras, con paseos interminables, conociendo sitios nuevos, aprendiendo un nuevo idioma, ahogándome en obligaciones laborales, más y más trabajo me consume, haciéndome sentir útil, fuerte, necesaria para algo más que mi propia existencia. Los enmascaro con búsquedas absurdas en Google a las 4am, los maquillo con canciones y bailes mientras me ducho (destellos del día en que la vida duele menos), las escondo con este escrito, donde descargo unos cuantos para zafarme de ese sonido martillando en mi cabeza con ideas tan absurdas como pintorescas [...] Así oculto el dolor de mis miedos, esos miedos que no son más que cicatrices que aparecen para recordarme que un día hubo una herida, que me lastimé con algo, o con alguien, que sufrí y que no debo permitir que eso pase de nuevo.

Las palabras salen de mi cabeza intentando mitigar esta sensación de fastidio, de derrumbamiento. Estoy cansada de fingir, de fingir sentir algo cuando no lo siento, o de fingir no sentir nada cuando en realidad estoy sintiendo mucho. Y sin embargo, yo misma me he tendido esta trampa, a veces esta jaula a medida me gusta, me distrae. Pero fingir que no duele hace que me duela el doble, que mi miedo se expanda, que no me reconozca, que me pierda. Y ya he perdido mucho y a muchos como para que no me importe. 

Hoy he caminado acompañada de un día precioso, y lo disfruté caminando junto a mis miedos, pero también abrazando a mi esperanza, la esperanza de tener el valor de permitirme ser vulnerable alguna vez, de algún modo. 

Comentarios