Cincuenta y uno

Nunca dije nada, por eso, ahora, lo escribiré todo. 

Es tarde, sé que es tarde, no me preguntes porqué lo sé, pero siempre he tenido un vínculo con el tiempo, me doy cuenta del instante exacto en el que se extinguen los suspiros, las promesas, las miradas, incluso, aunque me duela recordar... Los latidos.

Y es que sé que soy esa canción triste, esa pieza musical a la que sólo acudes cuando quieres lamer tus heridas, para sentirte menos miserable, para olvidar lo perdido (o más bien, recordarlo). 

Luego es verdad que hago malabares para mantener el ciclo un tiempo más, con esperanza de que este don que me persigue se haya precipitado; que me quede un segundo, que me quede un abrazo. 

Pero no, esta vez sé que ha acabado, lo sabes tú, y lo saben las aceras a las que nuestros pasos acariciaron. Se acabó. Es gracioso porque nunca empezamos, se acabó eso que nunca existió entre nosotros, se apagaron las voces de nuestras conversaciones mirando la tele y riendo como locos, se acabaron los secretos que nunca me contaste, y que nunca pediste que te cuente. Esto intangible, esto que no enfrentamos por miedo, por pereza... por dolor. Se acabó. Se acaba hoy con el punto final de este texto virtual que nunca leerás ¿O sí? Se acabará con el toque de mi dedo pulgar en un botón, a una fría pantalla. Así se va esta mentira, así se va esta parodia, se desvanece tu imagen con algo tan grotesco y ruin como tocar un pedacito de pantalla. Ni eso me regalas, ni un adiós mirando las estrellas, tomando tu mano, dándote un beso, mirando esos deliciosos ojos marrones envueltos en esas largas pestañas que me inquietan desde siempre.

Se acabó perderme, se acabó encontrarme, se acabó la idea de tejer mi mano a la tuya mientras caminamos por Ponzano, algún garito o cualquier rinconcito de ese Madrid escondido que soñé descubrir contigo (pero que como dije al inicio, nunca te lo conté). 

Se acabó esta historia breve que nunca empezó.








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