Hipótesis

¿Qué es la soledad?

¿Qué significa estar vacío, echar de menos... amar?


Estoy en estos cinco metros cuadrados que me atrevo a llamar míos. Son pocas las cosas que siento mías, no me gusta apropiarme de nada, ni de nadie. Sin embargo, necesito llamar mío a este espacio físico, necesito sentirme a salvo y ser yo misma, quitarme esta careta de sonrisas y despreocupación, porque a veces me aprieta la cara y me asfixia. Necesito. Necesito ser yo. Bajar los muros que levanto a diario detrás de mi risa estridente, quitarme esta armadura que pesa y que agobia, pero que me pongo cada día para que nadie me rompa, para que no haya dolor, para adormecer a mi cuerpo, porque mi alma sigue despierta, no he podido callarla. Siente, siente mucho, y eso, a veces, es un problema. 

En estas pequeñas coordenadas geográficas duermo, bailo, río, lloro, vivo el insomnio y abrazo la soledad que me lastima, pero que me acompaña. Esta soledad que es anfitriona y pasajera. No me malinterpretes, no es mala la soledad cuando te hace compañía, cuando no taladra el frío en tus huesos. Es buena, sobre todo cuando te estiras en la cama entera para vos, cuando cantas a todo pulmón y nadie se burla, cuando cocinas la receta de ese plato favorito a tu gusto, cuando te das cuenta que tienes todo el tiempo para ti, sin compartirlo con nadie, viviendo a tu ritmo, con tus reglas... La soledad puede ser fascinante, incluso una droga en la que te dejas la piel a cambio de esa libertad de utopía. 

Pero a veces la soledad duele. Duele cuando subes a la noria de los recuerdos, cuando llegan las fechas especiales, cuando te cansas de abrazar la nada, cuando preparas tu plato favorito y te sientas sola en esa mesa infinita que llega a convertirse en un objeto de tortura. Cuando quieres contar tu día, pero nadie te escucha. Cuando no estás y no están. Abrazos, risas, cenas, vacaciones, el Sol que se colaba en cada rincón cada vez que sentías que abrazabas la felicidad, el placer, la dicha plena, el éxtasis... Aunque agradeces tu presente, echas de menos, lo que tuviste, pero aún más; lo que no has tenido

Amar es nunca estar vacío, y contra todo pronóstico yo amo, y amo mucho. Construyo a diario puentes transoceánicos, sonrío a desconocidos, comparto mi pena, expreso mi alegría, y guardo para mi una parte pequeña, esa partecita y ese silencio, que quizás un día, alguien, pueda arrancármelo de los labios, pero mientras tanto, aguardo. Disfruto, y me asomo a ratos al borde de ese muro infranqueable que he construido, sólo para saber cuándo es buen momento de salir a dar un paseo y sentir nuevamente la brisa tocando mi pelo, ese rayito de luz y de esperanza acariciando mi piel [...]

Amo. Amo a esa bolita de pelos que hace años no veo, las puestas de sol en esta ciudad que cada día se cuela en mi corazón de hormigón, amo las noches de lluvia ligera arrullando mi ventana, mis sueños y ese silencio del que soy presa. Amo El Malecón y El Retiro, esos 15 minutos de caminata que estoy volviendo costumbre varios días a la semana.

Al final del día se trata de hacer un tournée por ese reloj de sol que es la memoria, que siempre arroja sombra y luz como parte de un todo. De recorrer la vírgula de los sueños y vivir la entelequia,




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