Es miércoles, y parecía ser como otro de esos días que me suceden sin suspirar, sin anhelar, sin romperme... Sin sensaciones. Esos días vacíos que a veces contempló a través de estos cristales ámbar... Salí a la calle y no recordé ni el olor a sal, ni el vaiven de las olas. Pero, entonces, de pronto entre todas las luces apagadas de esta ciudad, vi el mundo moverse ajetreado, como si solo fuesen una masa de huesos y carne. Observé a todos esos corazones transformados en autómatas, un cúmulo de obligaciones, restricciones e impulsos mecánicos. Sobreviviendo apenas en un mundo en el que la felicidad se les antoja pequeña y lejana.
Y mientras tanto aquí, desde esta latitud del planeta, pienso en esa línea imaginaria que ahora duerme, ajena a mí nostalgia, ajenos a esa sonrisa rota con la que me tengo que vestir cada mañana para calmar mi dolor.
Recuerdo su calor, ese que abrazaba mi piel y la curtía, por el que daba saltitos en la arena blanca. Su pasillo, su boulevard, su malecón y su faro.
Los pienso, desde este otoño sombrío, desde este silencio pequeño, con esas carcajadas que guardo como un tesoro hasta que volvamos a vernos, los pienso. Desde este huso horario, con este pequeño mar que conservo conmigo, con el fuego de tus volcanes con el que me abra(z)so por las noches.
Los pienso, siempre están aquí.
Son esas historias que recuerdo
Esos sueños que nacieron en Las Peñas
Esos silencios las largas conversaciones
Soy ustedes.
Soy playa, páramo y selva.
Y ahora, más que nunca, soy isla también.
Los pienso.
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