Guardo recuerdos, instantes, historias, imágenes, sangre, dolor, sonrisas... como todos. Las guardo como se guarda la foto de un relicario. Tan míos, tan dentro, tan enraizados que siento que me deshojan una parte del pecho cada vez que; acorde a acorde, letra a letra empiezan a salir por mi boca... Se desbordan todas esos momentos, como si mis labios fuesen un caudal.
No quería enamorarme, abrazaba apenas los 20, y no quería enamorarme. Siempre evite ese momento, siempre huí a tiempo, siempre esquivé la mirada y el segundo exacto en el que sabía que irremediablemente podría enamorarme. Rechacé esa próxima cita, eludí esas llamadas y esos mensajes... Rompí cartas sin leerlas, y me fui con el pecho henchido de orgullo, con la mirada altiva, con la sonrisa intacta. Ningún, quiebre, ninguna arruga, ningún dolor, ni siquiera un adiós. Nunca me despedía, no daba explicaciones, me esfumaba como el humo. Como aquella vez me dijo uno: "Eres ese microcuento, que no me canso de leer".
Vivía de historias pequeñas, sencillas, fáciles. Historias que dirigía a mi antojo. Con una pésima actuación, claro. Me di cuenta de algo, que luego olvidaría, hasta ahora.
El amor nubla la vista y atrofia los sentidos. Daba igual que fingiese, siempre que la otra persona esté empecinada en creer cada coma de tu relato. Y yo fingía, y yo vivía y yo burlaba a mi suerte y cantaba alto y bailaba, y volvía a casa, más sola y más vacía; pero con mi sonrisa intacta.
Abrazaba apenas los 20 y entonces me enamoré, una vez y luego otra. Me enamoré y nunca fue un plan o un deseo, me enamoré muy en contra de mi voluntad. Me enamoré de alguien a quien le presté mi cepillo de dientes en la primera cita. Me enamoré de alguien a quién no hablé por 25 años.
Al inicio solía controlarlo (al amor), siempre barajando las palabras y presumiendo de mi habilidad de darme por salvada, mientras veía como aquella persona estaba de mí... Y luego, como si despertara en otro universo, de pronto, sin venir a cuento, luego de una risa, luego de un te quiero, luego de unas compras en un supermercado, o de una cena con salmón... me enamoraba.
Me enamoré sin saber cómo, ni cuando, ni por qué... Me enamoré como lo hace todo el mundo, y ni siquiera me gustaba el salmón, y ni siquiera hacía falta hacer la compra ese día...
Me enamoré y el karma hizo lo suyo, y entonces me volví vesánica, y bailaba bajo la lluvia, y esperaba cada encuentro ansiosa para que me latiese el corazón de prisa otra vez... Me enamoraba y flotaba, y perdonaba, y reparaba lo irreparable, salía de día y volvía a la oscuridad siempre, cada día. Me enamoré de los monstruos que siempre eludí. Y sonreía, el dolor que venía de ese amor me hacía sonreír con los ojos desbordados, y apretaba la mandíbula para llorar menos y amar más.
Siempre he sido despistada y siempre me he enamorado por un despiste, inesperadamente. Locamente... ¿Precipitadamente? Quizás.
Es la forma que he tenido de amar, siempre he sido obstinada, un lujo a veces, solo a veces.
Es la forma que he tenido de querer, de cuidar, de proteger, de soñar, de recordar y de olvidar. Muy intenso, muy profundo. Porque siempre he pensado que; o amas mucho, o no amas. Voy así, pasando de cero a mil en un segundo. Apostando todo, siempre todo.
Ahora estoy aquí, intentando recordar cómo era antes de esos dos momentos, intentando regresar en el tiempo y trasladarlo al ahora.
Tengo 30 y ya está bien de enamorarse, y de romperse y de tropezar.

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