La tarde se agitaba en su falda roja de tablones. Colgaba de su pecho un relicario vacío, sin fotos. Se lo dio alguien, no recuerda su nombre, o ha preferido olvidar.
Las hebras de su pelo bailan, como las luces de una aurora boreal, serpentean, seducen e intentan atrapar. Sin embargo una sombra se desliza en su mirada, algo triste la acompaña, algo tan triste que hace que se muerda los labios hasta hacerlos sangrar...
Las mañanas se le hacen infinitas, como la oscuridad. El olor a hierba mojada y lavanda le recuerda esos amaneceres en otras coordenadas geográficas, en otra línea de tiempo, un tiempo que ya no existe, tan imaginario como la línea que atraviesa un país, su país.
Quizás por eso sus sueños son imaginarios, por eso sus amores también lo han sido, quizás ella en sí misma no existe, ahora sólo es un fantasma, una proyección de lo que debió ser, o en lo que debió convertirse.
La tarde se empieza a esconder tímida entre las curvas de su cabello corto, una tarde más que se somete a la infinita oscuridad de la noche. Otra noche en la que abrirá su relicario vacío intentando recordar un nombre o inventar alguno que coincida con su soledad.
Un deseo se desvanece entre sus labios y la cornisa, se queda atrapado en cuatro paredes, en un pecho ahogado de silencios y sonrisas.
Y mañana, mañana quizás sea otro día.
Quizás por eso sus sueños son imaginarios, por eso sus amores también lo han sido, quizás ella en sí misma no existe, ahora sólo es un fantasma, una proyección de lo que debió ser, o en lo que debió convertirse.
La tarde se empieza a esconder tímida entre las curvas de su cabello corto, una tarde más que se somete a la infinita oscuridad de la noche. Otra noche en la que abrirá su relicario vacío intentando recordar un nombre o inventar alguno que coincida con su soledad.
Un deseo se desvanece entre sus labios y la cornisa, se queda atrapado en cuatro paredes, en un pecho ahogado de silencios y sonrisas.
Y mañana, mañana quizás sea otro día.

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