Me gusta el cielo de Madrid, no he podido ver atardeceres en Australia, en Islandia o en el Congo, pero amo los atardeceres de Madrid. Es una lucha de constante de colores, como un juego en una discoteca.
Creo que el Sol está enamorado de esta ciudad, en primavera siempre busca cualquier excusa para quedarse un ratito más, y la Luna siempre cede; "Adelante, Sol, ya llegará el invierno" parece que le susurra. Y mientras tanto yo miro, y tomo fotos, recordando los atardeceres de hace mil días atrás.
Y ahí está el Sol, pegado en esa cornisa azul que puedo contemplar desde mi ventana, escurriéndose de a poquito, como adolorido por tener que marcharse. Mientras tanto yo escribo, con el Sol acompañándome de nuevo.
Quizás solo quiere ver a la gente, a los amigos, los besos reales que se pierden en bocas falsas, los suspiros que se caen de los pechos enamorados, las risas de los niños, la nostalgia de los ancianos. Los colores de las flores, la celeridad de los cuerpos que siempre buscan distraerse con alguna misión que cumplir para dar un poco de sentido a su miseria. Mientras tanto el Sol nos regala un poquito más de su tiempo, a ver si conseguimos cumplir esos sueños de los que siempre hablamos con ilusión.
Creo que el Sol está enamorado de esta ciudad, en primavera siempre busca cualquier excusa para quedarse un ratito más, y la Luna siempre cede; "Adelante, Sol, ya llegará el invierno" parece que le susurra. Y mientras tanto yo miro, y tomo fotos, recordando los atardeceres de hace mil días atrás.
Y ahí está el Sol, pegado en esa cornisa azul que puedo contemplar desde mi ventana, escurriéndose de a poquito, como adolorido por tener que marcharse. Mientras tanto yo escribo, con el Sol acompañándome de nuevo.
Quizás solo quiere ver a la gente, a los amigos, los besos reales que se pierden en bocas falsas, los suspiros que se caen de los pechos enamorados, las risas de los niños, la nostalgia de los ancianos. Los colores de las flores, la celeridad de los cuerpos que siempre buscan distraerse con alguna misión que cumplir para dar un poco de sentido a su miseria. Mientras tanto el Sol nos regala un poquito más de su tiempo, a ver si conseguimos cumplir esos sueños de los que siempre hablamos con ilusión.
Su luz que traspasa la diáfana ventana,
los cuerpos que aman,
las calles que crujen
con los pasos viajantes,
vidas temporales...
Atiborrados de deseos
no se fijan
que este resplandor de Faro
es nuestro mayor regalo,
Debería ser nuestro único deseo...

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