Cuando las luces se apagan

Estamos aquí como estrellas, como pequeñas lunas, no tenemos luz, pero reflejamos la luz de otros. 

Es eso lo que anhelamos al final, buscar una luz, un suspiro, colarnos en un "te quiero" que termine con nuestro nombre en los labios de esa estrella con luz propia. 

Buscamos adherirnos a ese sueño lejano, rogamos por un poquito de claridad en medio de tantas tinieblas; sueños rotos, tristeza, golpes, heridas, olvido... Para algunas personas, como yo, todo es naufragio. Vivimos el mundo detrás de una máscara, detrás de una sonrisa que nos obligamos a que funcione 24/7, nos acostumbramos a apretar los dientes para contener las lágrimas, a no mostrar nunca el dolor, nunca la pena, nunca la rabia. 

Pero cuando las luces se apagan, cuando nadie mira (como si alguien realmente nos mirase durante el día), nos quitamos despacio la careta, deslizamos entre las sábanas la pena, apoyamos las lágrimas en la almohada a la que muchas veces abrazamos con esa fuerza que nos da el descubrirnos solos y vacíos. Agotamos parpadeos frente al móvil, mirando la oscuridad absoluta, rezando porque al menos el cansancio y el sueño aparezcan, pero nada. Nada.

Insomnios de Netflix, libros y autodescubrimiento (...) 
La absurda quimera de ser capaz de poder caminar en paralelo a otro mundo, sin rozarlo siquiera para no colapsarnos, para no estropear como siempre todo lo que toco. 

Y pensar que la noche es tan bonita, tan romántica, tan inspiradora... Y pensar que no es real, que la luz de la Luna es una impostora. Que vivimos la ilusión, nos gusta la ilusión, y por eso siempre duele despertarnos.

Comentarios