Ciento noventa y tres lunas hasta tu boca, ciento noventa y tres lunas temblando en el lago de mis pupilas...
Acaricié tus mejillas como quien tiene por primera vez entre sus manos a un gorrión; miedo y alegría me invadían (...) Pero tu, miraste mi lago y te volcaste entero, al sentir el roce de tus labios, de pronto el calor de un millón de soles me invadía. Me besaste y fue como si todas esas estrellas fugaces concedieran por primera vez todos nuestros deseos.
La luz naranja entraba por mi nuestra ventana, y le quitaba a tus ojos ese azul de la nostalgia. Me miraste como quien descubre un verso que lleva un pedazo de su historia.
Me tocaste con aquellos ojos con los que siempre había soñado, y entonces me dormí en tu pecho, con una media sonrisa que descalza se paseaba por barbilla.

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