Orilla

Me empapaba los tobillos mientras giraba con los brazos extendidos ¡Eufórica!

Su luz me ha arrullado, como un niño que juega a las escondidas,
Su calor, su color: amarillo. En las grietas de mis manos falta una línea, esa que todos tienen, esa de la que todos presumen y esa que algunos locos rechazan... Por la que sonríen, lloran, luchan, vuelan y caen (...)

He rozado con mis pasos la arena blanca del olvido, me he refugiado en la llama de miles de miradas, he deseado, he tenido, he amado... He perdido.

He deseado que las olas del mar me cubran, poder al fin flotar mirando de frente a la Luna, pero mi único vestido ha sido la espuma de sus olas. Del cielo me han caído estrellas, aunque ninguna ha concedido mis deseos.

Veo en el horizonte a mi amarillo rozar el azul imponente, pero no se tocan, no se abrazan. Se miran, se echan de menos; como a una canción triste y vieja, pero caminan en paralelo, resignados, perdidos, extraños. Solos.

Bailan la misma canción siempre, conocen los pasos, se siguen como en un reflejo, agradecen la cercanía, pero aún más agradecen no tocarse, abrazan su utopía de pertenecerse sin atarse, sin fundirse. Reconocen que es la única manera de no romperse, de no dañarse.

Y caminan por la orilla hasta el ocaso, con la espuma besándole los tobillos, aturdidos, cansados. Solos.


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