Martín

Martín se llamaba

Fumaba mucho,
fumaba y daba miedo,
salía al balcón y reía,
luego lloraba...
Una calada más,
y la risa volvía.
Me decía
¿no querés?


Mucho silencio había entre Martín y yo. Él me miraba con cara de cómplice, como si supiera un secreto que yo desconocía; sonreía y me decia: ¿Siempre eres tan juiciosa?
Soy madura. -contestaba- Amo vivir. -era otra de mis respuestas-


La vida es también esto
-me contestó un día-
Y lo entendí.
No sé si fue el humo
que despertó mis sentidos
y adormeció mi prudencia,
pero lo entendí.

Ese día lloré con Martín
Ese día reí con Martín
Ese día conocí ese lado de la vida
en el que Martín vivía
Me enseñó su casa,
su memoria,
sus cicatrices...

Y reímos, y fuimos amigos, aunque nunca más fumé con Martín, aunque yo nunca le mostré mi casa, ni mi memoria... Porque si algo sabía Martín era conocer la distancia precisa en la que se mueven los planetas, y la respetaba a toda costa, por muy volado que esté.

Fuimos amigos, ese día nos abrazamos, y su caos y mi "orden" se entendieron, conversaron, y le conté ese secreto que hasta ese momento no supe descifrar, pero que él ya conocía hace mucho tiempo atrás.

Nunca le agradecí a Martín por enseñarme ese lado de la vida, por aguantar mis lágrimas y escuchar mi risa estridente: Baja la voz -me decía-, que nos van a escuchar.

Con el tiempo también me alejé de Martín, o él se alejó de mi, quizás como un cachorro herido que ve que están muy ocupados construyendo su vida como para jugar un rato y disfrutar la vida y llorar la vida, y aceptar la vida.

Hoy Martín no está, se dice que una pandemia mundial se lo ha llevado, y siento que el mundo está más triste(...) Intento buscar un balcón con la esperanza de verlo por última vez, de escuchar esa risa ahogada, seguida de esa tos. Pero no, Martín no está. Y no está ni su risa, ni su llanto. Y no está su vida, se la llevó la pandemia junto con sus cicatrices, se fue con mi secreto, fue fiel Martín hasta el final.

Y ahora el cielo ríe y llora, y estaba solo Martín, hace dos años que nadie hablaba con él, lo habían dejado, como se olvidan las cosas que nunca nos interesaron. Y se dice que Martín reía más esos años, que lloraba poco dicen, que estaba loco, que estaba solo, que no sabía vivir.

¿Quién sabe vivir?

Martín, nunca te di las gracias, nunca volví a reír ni a llorar contigo. No pude ni escribirte cuando estabas solo. Pero hoy Martín, hoy lloro y río contigo, y miro al cielo, esperando que me susurres de qué más se trata la vida, esperando que puedas perdonarme, aunque sé que no eras de los que guardan rencor.

Hoy estoy contigo, aunque sé que ya no vale la pena, aunque sé que ya no importa. Un día volveremos a desfasar juntos.

Gracias Martín, buen viaje.




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