Ensayo

Arrastramos cadáveres de recuerdos que nunca pudieron ser... Memorias tristes de amores que no fueron correspondidos o que nos amaron de más, de menos, pero nunca a tiempo, ni la cantidad exacta...

Entramos en puntillas y a hurtadillas empezamos a oler esos momentos, y a imaginar nuevos sabores, a empaparnos del sudor de algún tiempo verbal que no sabemos descifrar, pero que nos acerca a la añoranza o a la esperanza.

Los balcones coloridos, las terrazas con ropa recién lavada, el olor a membrillo y a lavanda... Los gritos de la gente, las risas, el caos y la disciplina... Todo eso hace una pausa, un paréntesis que encierra historias y lejanía, guardados en un baúl en medio del Estero, aquel brazo de mar que está tan cerca de donde creció.

Ese mar estancado en las tinieblas y las risas tímidas de niños que juegan en sus faldas, ese olor repugnante que solo cesa con las lluvias, ese punto imaginario del que parten los sueños de todos los que crecieron a su vera.


Te extraño Guayaquil, aunque siempre te llevo conmigo; pasillo, tus balcones, tú guayabera, el niño lustrabotas y tú faro imponente, te extraño y te llevo de la mano donde voy.

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