La Luna acariciaba la ventana, callada, inmóvil como una estatua, sellada con un conjuro...
Sólo observaba el ligero beso que la encarcelaría para siempre. No pudo advertirle, no pudo detenerla, ella sólo hacía lo que la Luna debe hacer, mirar la desgracia humana, sufrir y callar, siempre callar...
Los matices con los que bordeaba las siluetas, el reflejo de su luz en las fuentes, en los charcos, en los ojos enamorados, en las promesas que se rompen, esas promesas que caen por tus labios como las gotas de lluvia se deslizan por las cornizas, las mismas gotas que rompen la calma del lago, esas promesas que sólo traen desgracia...
Esa desgracia enajenada, esa tristeza profunda de no encontrar el norte, esa ausencia de vos, de lo que eres para mi, de lo que soy para ti.
Y solo me queda la Luna.
Esa desgracia enajenada, esa tristeza profunda de no encontrar el norte, esa ausencia de vos, de lo que eres para mi, de lo que soy para ti.
Y solo me queda la Luna.

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