Hay eventos duros en la vida que siempre nos dejan grandes lecciones, que nos hacen fuertes e incluso un poco más sabios. Sin embargo, hay sucesos que simplemente no tienen cabida de ningún modo y que en lugar de ayudar siempre serán una fea cicatriz eterna.
Conforme pasa el tiempo te vas haciendo a la idea de cierta forma, crees superado ese capítulo definitivamente, pero luego te descubres con esas cortinas de lágrimas cubriendo tus mejillas de nuevo. Entiendes que pasó, pero sigues sin comprender porqué. Hay cosas que no tienen explicación porque sencillamente nunca debieron ocurrir.
Hoy, de nuevo; vacía como ayer.
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