Era precisa su llegada, sus noches siempre lo anhelaban, pronunciaba su nombre en ciertos rezos, se negaba a olvidar los escasos recuerdos de sus ojos vivaces, de su pelo, de ese baile cuando pequeños...
Serpentean las casualidades, las desdichas, los aciertos, momentos ajenos que debieron ser de ella, instantes suyos que pudieron pertenecerle...
Tres días después del cinco, cinco, cinco... Era él, era su sonrisa, era su mirada, era él... ¿Era suyo?
Se empezó a enhebrar el destino al fin, y la casualidad quiso redimirse, y los hizo coincidir, una vez, otra más, más, más... Mucho. Todo, completo.
Su mano firme en torno a su cintura, los abrazos por la espalda que siempre quiso, que nunca obtuvo, las bromas que entendían, las miradas que se encontraban tantas veces como las canciones en la boca de los niños.
La aventura, el peligro, sus labios, sus manos, cada acto... Su piel, su torso; fuerte, sus brazos, su áspera y salvaje barba, su lengua, sus dientes, la velocidad de sus fuertes e incontrolables movimientos... El sexo, su sexo. Perfecto, preciso, incansable. Danzaban sus cuerpos. Vibraba el aire. Las estrellas por las ventanas de la habitación se deslizan de deseo, la luna anhela ser ella la que aprieta y araña... La que gime de placer y dolor y placer y ganas y placer otra vez, el cielo oscuro como una sábana no quiso cubrirlo, y aunque quisiera era difícil por su erguido anhelo de ver al fin saciadas las ganas de ella, un suspiro, dos, y eso era apenas las "buenas noches"... Era amor, era contundente. Es él, su "él", más suyo que de nadie.
El roce, la caricia, el detalle, el romance... La infinita lista de coincidencias, la innumerable lista de sus porqués, de sus errores, de su acierto. El destino, su destino, el de ambos.
Llenando su oquedad, llenando sus vacíos, completando su alma y su cuerpo, su mitad. Su alma gemela.
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