Quizás es tu forma tan siniestra de decir las cosas o es esa diadema de romance con la que adornas mi frente, no lo sé...
Tus ojos colgaban de las estrellas una alicaída noche de Junio, colgaban de esas brillantes esferas, suplicantes, suplicantes de mis ojos posados en ellas, ¿Puedes imaginar tanto amor...? Tus brazos como tinta sobre papel se fueron adhiriendo a mi cintura de niña, tu risa colosal y tus secretos, no es que hayas sido perfecto, eso no se le ocurriría a nadie que te conozca, pero aunque siempre digas lo que quieras sin interesarte en los demás, había algo en ti que me envolvía, que me embriagaba, era ese pequeño sorbo de vida, ese deseo de poder contemplar tantas fantasías y portaretratos, tantos paisajes y albatros y aún así preferir siempre tu mirada, o quizás el toque brutal de paciencia que desfila por las enredaderas de tus brazos, ese instinto de maldad que se desparraman por las veredas de tu boca, esa maldad que a románticos e idiotas como yo nos evoca, esa maldad que deseamos combatir con nuestro corazón bondadoso.
Pudieron ser esas o muchas otras cosas, como no hay razones e inventado infinidad de pretextos para amarte, para hallarte en mis sueños, e incluso para odiarte, pero noches como estas me recuerdan que en realidad lo que nunca tuve que hacer, fue mirar junto a ti las estrellas.
Tus ojos colgaban de las estrellas una alicaída noche de Junio, colgaban de esas brillantes esferas, suplicantes, suplicantes de mis ojos posados en ellas, ¿Puedes imaginar tanto amor...? Tus brazos como tinta sobre papel se fueron adhiriendo a mi cintura de niña, tu risa colosal y tus secretos, no es que hayas sido perfecto, eso no se le ocurriría a nadie que te conozca, pero aunque siempre digas lo que quieras sin interesarte en los demás, había algo en ti que me envolvía, que me embriagaba, era ese pequeño sorbo de vida, ese deseo de poder contemplar tantas fantasías y portaretratos, tantos paisajes y albatros y aún así preferir siempre tu mirada, o quizás el toque brutal de paciencia que desfila por las enredaderas de tus brazos, ese instinto de maldad que se desparraman por las veredas de tu boca, esa maldad que a románticos e idiotas como yo nos evoca, esa maldad que deseamos combatir con nuestro corazón bondadoso.
Pudieron ser esas o muchas otras cosas, como no hay razones e inventado infinidad de pretextos para amarte, para hallarte en mis sueños, e incluso para odiarte, pero noches como estas me recuerdan que en realidad lo que nunca tuve que hacer, fue mirar junto a ti las estrellas.
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