Que cómplice la noche que teje entre la luna y el mar una fina línea que los une, y si el mar de repente deja de reflejar a la luna, la luna no sería más la luna, y tampoco el mar, mar... es igual que el cantante y las musas, la noche y los grillos, los estanques y los sapos, incluso los pequeños duendes enamorados...
Quizás un trémulo día intente el lago desgarrar de sí el alma de la luna que refleja, y probablemente lo logre, pero sin dudarlo pequeñas luces de estaño quedaran por siempre atrapadas en el ingenuo lago, como minúsculos deseos desperdiciados en las monedas de los viajantes... La luna hará lo suyo intentando separar para siempre al empalagoso lago que la atosiga, y también saldría airosa de aquella estratagema, pero quizás una incoherente noche descubra en su interior pequeños nenúfares navegantes, ambos avistarán entonces que siempre tendrán que recordarse, que sus nombres quedaron tatuados en la piel del otro irremediablemente en el infortunio...
Los duendes y su melancolía, las risas y la alegría, tus ojos y mi poesía... No intentes nunca separar estas cosas corazón, están fundidas una a la otra como un cúmulo estelar, en el intento podrías quemarte entre sus flamas al derretirse, deja que tus ojos equilibren mi poesía, que los duendes inventen siempre perfumes a la melancolía y que las risas y la alegría se contagien...
No quites ese hilo de vida que nos mantiene unidos y enamorados, aunque sean reflejos o imaginaciones, quizás simplemente espectros o monotonía, que sea cual sea el hilo que nos ha unido no se corte que mi poesía queda ciega sin tus ojos...

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