Maromas de cáñamo.

Podrán seducirte otros cuerpos, incluso otros labios, pero nadie podrá enamorarte con la simple ejecución de una danza entre mi pluma y tu papel, nadie podrá enredar tu alma con una escuálida tilde al caer sobre tus pies, nadie puede anclarte como lo hace el barco y el puerto, como lo hago yo contigo, cuando recargo mi tintero, las veces que deslizo alguna coma... Nadie puede cantar los versos como lo hace mi mano, tu alma lo sabe bien, siempre has de extrañarme, y nunca aprenderás a vivir con ello...

Déjame atraparte en mis lascivas palabras, que se tejan alrededor de ti los bellos recuerdos de las quimeras veraniegas... Déjame abrazarte, atraerte a mí con esas ligeras líneas del tiempo que el viento nos ha creado...  Que sean las antorchas de nuestros cuerpos flameantes las que rompan la oscuridad de la noche, permite que la luna descanse, que pueda viajar quizás a Marte e incluso enamorarse de su frío abrasador...

Confíname a tu cuerpo, que reverbere en mí el eco inconfundible de tu voz que seamos por una sola vez, como verano y sol, luego... luego vuelve que no pretendo solazar mi fuego en otra llama que no sea la tuya, vuelve! mi cuerpo estará esperando en este mismo escabel donde hoy nos hemos amado, mi alma no te esperará, pues está prófuga junto a la tuya...

Este deseo avieso me consume, te espero refugiada junto a aquella humeante lámpara que hoy nos observa, te espero, te espero incluso después de traspasar el umbral, te espero aquí y allá, te espero...


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