Lúgubres colores.

El día que caiga fino y sutil el último copo de nieve de este triste invierno, ¿Dónde podré encontrarte? y en qué lugar podré incinerar estas locas ganas de amarte? Cuando el sol se oculte ligero, y la ciudad se vea envuelta de sombras y adornada con faroles, ¿Cómo callaré a mis manos, que ingenuas te buscan cuando la luna aparece?

Ponle tu nombre a mi escapulario, adormece mi alma con tus canciones, con esas bellas canciones de la melancolía... Entiende corazón que no te amo por tu estúpida forma de sonreír a las señales y semáforos, te amo por esa dulce manera de observar los geranios que danzan en mi cabellera, por tu mirada fija y serena, por que al cerrar mis párpados te encuentro, te encuentro tantas veces, que incluso apareces cuando no te he buscado...

De la manera más necia e indecente he tratado de olvidarte, de echarte para siempre de mi vida, de pedirle al colibrí que se lleve esa sonrisa desencajada que conservo en mi pecho, pero es una utopía pensar que la vertiente de mi alma pueda sobrevivir sin el caudal del alma tuya... Ven y haz conmigo lo que los jazmines hacen en la primavera, desgarra mi alma, y suelta la cometa que llevas en tus manos y deja que planee libre entre deseos, toma mi voluntad y condúceme así hasta el ocaso, que los copos de nieve desbaraten mi casa, que el sol avergonzado desaparezca, y que sólo quedemos tu, yo y nuestra chimenea, que tu y yo semanos como dos lineas de tiempo, como dos felices líneas que han encontrado su destino en unas cálidas manos...

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